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Elegir también es renunciar.

Actualizado: 28 ene

Elegir y renunciar no son opuestos; son parte de la misma moneda.



No existe una elección real que no implique dejar algo fuera. Cada vez que decides avanzar hacia algo, inevitablemente estás cerrando otras posibilidades. El problema es que solemos hablar de elegir como si fuera solo sumar, cuando en realidad también es restar. En la vida y especialmente cuando se trata de metas, elegir significa dirigir energía, tiempo y atención hacia un lugar específico, y aceptar conscientemente que no todo puede ir contigo. Cuando se entiende esto, la renuncia deja de verse como fracaso y empieza a verse como foco.


Sin embargo, muchas personas pasan demasiado tiempo sin elegir. No porque no tengan opciones, sino porque temen perder algo o no saben qué están dispuestas a perder. Mantienen caminos abiertos, relaciones, hábitos o decisiones en pausa, creyendo que así evitan el error, cuando en realidad solo prolongan la confusión. Esta falta de elección no es neutral: consume energía, retrasa procesos y genera estancamiento. No elegir también es una decisión, y casi siempre termina siendo la más costosa, porque impide avanzar con claridad hacia cualquier dirección.


En el área del cumplimiento de metas, la mayoría de los consejos giran en torno a hacer más: más disciplina, más hábitos, más esfuerzo, más constancia. Pero hay una variable muy determinante y mucho menos explicada que define si una persona avanza o no hacia sus objetivos y es la

capacidad de elegir y renunciar.


No como una idea filosófica, sino como un proceso cognitivo real.


El cerebro no está diseñado para sostenerlo todo

Desde la neurociencia y la psicología cognitiva se sabe que el cerebro humano tiene recursos limitados de atención, energía mental y toma de decisiones.

Cada vez que decides qué priorizar, mantener o soltar estás usando un recurso finito llamado energía cognitiva. Cuando una persona intenta sostener demasiadas cosas al mismo tiempo, como personas, expectativas, hábitos, metas, compromisos se produce lo que se conoce como sobrecarga cognitiva.

En términos simples: el cerebro entra en modo saturación.


Qué pasa cuando no renuncias a nada

Cuando no hay renuncia consciente, el cerebro enfrenta conflictos constantes de prioridad:

  • quiero avanzar, pero no quiero incomodar a los demás ni a mi misma.

  • quiero cambiar, pero no quiero perder mi grupo social

  • quiero esta meta, pero no quiero cambiar para lograrla.


Este conflicto interno genera un alto gasto de energía mental, incluso antes de actuar.

El resultado no suele ser más acción, sino lo contrario:

  • postergación

  • dispersión

  • cansancio sin causa física

  • sensación de estar ocupada pero no avanzar

No porque falte capacidad, sino porque el sistema está mal distribuido.


Fatiga decisional: el costo invisible de no elegir

Existe un fenómeno ampliamente estudiado llamado fatiga decisional.

Cuando una persona debe tomar demasiadas decisiones —o sostener demasiadas opciones abiertas— la calidad de esas decisiones disminuye con el tiempo.

Por eso:

  • cuesta priorizar

  • se mantienen hábitos antiguos aunque no funcionen

  • no se cierran ciclos

  • se elige lo inmediato por sobre lo importante

Renunciar no es debilidad.Es una forma de reducir carga mental para que el cerebro pueda enfocarse.


¿Por qué renunciar duele?

A nivel cerebral, la renuncia se vive como una pérdida.Y el cerebro humano tiene aversión a la pérdida: perder algo se percibe como más doloroso que ganar algo equivalente.

Por eso cuesta:

  • soltar expectativas ajenas

  • abandonar caminos avanzados

  • dejar hábitos conocidos

  • cambiar aunque lo actual no funcione

Pero en el largo plazo, no renunciar tiene un costo mayor:el estancamiento.


El impacto directo en las metas

Cuando una persona intenta avanzar sin renunciar:

  • la energía se dispersa

  • los resultados deseados no llegan

  • aparece la frustración y el resentimiento

Lo peor de todo esto, es que terminas perdiendo la confianza en tu capacidad de cumplir metas.

Después de varios intentos fallidos, el cerebro comienza a anticipar el fracaso, lo que reduce aún más la motivación y la acción. No es solo una creencia, es evidencia acumulada.


El verdadero punto de partida: elección consciente

El problema no es que las personas no hagan lo suficiente. El problema es que hacen sin haber elegido con claridad.

Elegir implica:

  • definir qué quieres

  • entender por qué lo quieres

  • decidir en quién necesitas convertirte

Y desde ahí, aceptar que algo tendrá que quedar fuera.


Renunciar no te aleja de tus metas, te da foco. Cuando renuncias conscientemente, liberas tu energía mental, reduces el ruido interno y aumentas tu capacidad para tomar decisiones alineadas a lo que si quieres.


Preguntas para aplicar

Para cerrar, no basta con entenderlo. Hay que observarse.

  • ¿Qué estás intentando sostener hoy que ya no está alineado con tus metas?

  • ¿Qué opción sigues manteniendo abierta por miedo a perder, aunque te esté robando energía?

  • ¿A qué tendrías que renunciar para cumplir tus objetivos?


Elegir también es renunciar y eso es bueno.

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